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Evita convertirte en lo que no quieres

Cuando Julio cumplió 18 años salió de su casa enfadado haciéndose dos promesas. Jamás volvería a pedir dinero a sus padres y nunca obligaría a sus hijos a estudiar lo que no quieren.

Las razones eran sólidas: sus padres habían decidido retirarle toda la ayuda económica por decidirse a estudiar una carrera de diseño gráfico en lugar de ser médico como lo había sido su familia por generaciones. Su padre le reprochaba que vivía de su dinero y que no sería nadie sin su ayuda.

Decidió demostrar a su padre lo contrario. Julio estaba tan enfadado que salió de casa para no regresar hasta mucho tiempo después, se fue a Cancún. Esto ocurrió hace treinta años, las oportunidades de trabajo en Cancún proliferaban, no estudió diseño gráfico, pero aprendió idiomas y hotelería. Cinco años más tarde tomó una carrera por correspondencia (internet era apenas una promesa) y se graduó en hotelería, lo que le permitió colocarse en buenos empleos en ese destino turístico.

Diez años después había olvidado las razones de su enfado. Regresó a casa para decirles que se quería casar y que deseaba que sus padres asistieran a la boda. La reconciliación pareció auténtica, incluso el padre expresó su deseo de querer sanar las viejas heridas ofreciendo apoyo para que, en lugar de rentar, compraran un departamento. Es decir, le ofreció ayuda económica para pagar el enganche de un departamento.

No pasó mucho tiempo para que Julio se arrepintiera de aceptar esa ayuda, su padre tenía una inclinación por reprochar que él tenía casa porque le había ayudado y otra vez le insistía en recordarle que no tendría nada si no fuera por su ayuda.

Pero aun así, olvidó su promesa de juventud. La complejidad de cuidar una familia no le daba mucho tiempo para pensar. Tuvieron que pasar 30 años, cuando su hijo, de 20 años, le anunciaba que iba a dejar de estudiar para poner un negocio de productos vegetales orgánicos sembrados en su propia tierra.

Julio, ahora como padre, le pareció una locura y discutió con su hijo, Andrés. Discutieron por horas, hasta que Andrés le dijo que no le comprendía y que el jamás haría eso con sus hijos. Entonces Julio recordó el momento en que él, con veinte años, se había hecho una promesa similar. Y ahora, treinta años después se veía a sí mismo repitiendo los mismos errores.

Julio se vio a sí mismo pronunciando y actuando como su padre y prefirió pensar mejor lo que estaba diciendo. Le pidió a su hijo unos días para reflexionar.

Una semana después se acercó a su hijo y le dijo que estaba en edad de experimentar, que aunque le parecía una locura, él también había tomado sus propias decisiones de joven y para ello tuvo que alejarse de su familia. No quería que eso ocurriera con Andrés, por lo que aceptaría lo que decidiera.

Andrés sólo dijo: “está bien papá. Gracias”

Pero Julio quiso contarle su propia historia, al terminar de contársela Andrés le comentó

-Ahora mismo escribiré una carta para mi mismo del futuro, para evitar que me ocurra lo mismo.

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