Deudas sin estrés

Cómo salir de deudas

Si lo analizamos bien, las deudas han estado y estarán presentes la mayor parte de nuestra vida productiva. 

La vida moderna se ha construido así: tenemos la opción de tomar decisiones en instantes que pueden ir más allá de lo que ganamos regularmente, de modo que de un momento a otro el momento  descubrimos que el mondo de nuestra deuda ha crecido.

Esto ocurre especialmente con las tarjetas de crédito y en temporadas donde la presión para gastar aumenta,  como la temporada de fin de año, las vacaciones o el regreso a clases.

La competencia por captar el gasto del público hace que la oferta del crédito crezca a niveles abrumadores. Hace unos días fui al supermercado a comprar mi despensa y la cajera me preguntó -como ocurre siempre en temporada navideña- que si lo quería pagar a meses sin intereses.

Parece contradictorio que en temporada navideña donde la gente recibe bonos, aguinaldo y regalos, las tiendas ofrezcan además sus productos a meses sin intereses.

Lo que ocurre es que hay un efecto psicológico: si sabemos que recibiremos dinero extra y además lo que compramos es con un crédito a meses sin intereses, entonces nos invade una sensación de abundancia, de dinero sobrante y, por consecuencia, nos vemos motivados a gastar más, con lo que las tiendas logran su objetivo de aumentar las ventas en temporadas como éstas.

Puede funcionar bien para la macroeconomía y para los supermercados y tiendas departamentales y virtuales, pero para nosotros como consumidores es un enorme riesgo. La posibilidad de endeudarnos se ha simplificado tanto que basta con unos segundos para tomar una decisión que nos costará 6, 12, 18 o 24 meses pagar.

La decisión de tomar un crédito se hace en segundos, el pago en meses y a veces en año. ¿No te parece desproporcionado?

Lo más probable es que no. El pago a plazos nos da la impresión de que estamos pagando menos de lo que las cosas cuestan y además sin intereses, ¿Qué mejor cosa podemos pedir?

Si hay algo mucho mejor que eso: una vida sin estrés.

La decisión de que comprar cualquier cosa -no importa si se paga poco- es emocional, no racional. Si nos sentáramos a hacer cuentas de lo que esto significa para responder a nuestros compromisos nos daríamos cuenta de que los créditos sólo son útiles cuando los usamos de forma que nos den bienestar y no bajo el supuesto implícito de gozar un momento y sufrir por meses.

Se trata, por lo tanto, de una decisión que tomamos sin pensar. El problema es que la mayoría de las decisiones de crédito podríamos estar tomándolas así, sin una planeación racional, más bien basada en deseos y reforzada bajo la idea de que son oportunidades de precio y crédito que difícilmente se presentarán otra vez.

Pero sería relativamente fácil evitarlo si estuviéramos dispuestos a tomar decisiones de compra basadas en números y no en emociones. No se trata de decir, “¡ah son sólo 80 pesos diarios! Ya no compraré café, tomaré el que hay en la oficina y con eso lo pagaré”, porque la realidad es que ni dejarás de comprar café, ni estás haciendo las cuentas correctamente. 80 pesos diarios son 2, 400 pesos mensuales que significan un porcentaje específico de tus ingresos totales.

Si realmente fuera posible, ¿por qué no haces la prueba un mes y compruebas si efectivamente puedes reunir $2,400 pesos en un mes?

La solución es sencilla porque lo único que se requiere es determinación; detener por un tiempo las compras hasta que mi nivel de estrés esté al mínimo.

Pero también es compleja porque los beneficios tardan meses en llegar, pero las consecuencias son inmediatas.

Cuando yo lo decidí, mi esposa se enojó conmigo. No había manera de explicarle que no se trataba de un tema de amor o desamor, sino de dejar de estar estresados todo el tiempo por tener deudas altas. Especialmente le pareció difícil decirle que no a los niños: no a comer fuera, no a juegos costosos, no a caprichos impulsivos de compra.

Fueron discusiones constantes porque teníamos hábitos que no podíamos abandonar de un día para otro. Mi solución fue ir todos los fines de semana a un parque cercano, pasear en bicicleta en lugar de ir al cine, comer comida preparada en casa y agua simple que también llevaba en envases especiales.

Mis hijos preferían comida chatarra y bebidas dulces y las discusiones regresaban una y otra vez.

Terminamos por no ir a ningún lado. Mis hijos gritaban su aburrimiento y mi esposa casi no me dirigía la palabra y cuando lo hacía entre sus frases aparecían las palabras: tacaño, codo, materialista, pobre.

El peor momento fue cuando llegó el estado de cuenta de la tarjeta de crédito. El saldo era similar al de los meses anteriores, porque teníamos deudas a meses sin intereses y había ciertas cosas que no podíamos dejar de comprar como la despensa y los gastos del auto.

En se momento tuve un momento de flaqueza, le dije a mi esposa que olvidáramos todo y que fuéramos todos a comer al restaurante que eligieran. Pero mi esposa no respondió, leyó con detenimiento el estado de cuenta, luego lo arrojó a la mesa y sin mediar palabra se fue a la recámara y cerró la puerta.

Fue un domingo triste. Yo salí a lavar el auto y tardé muchas horas, no quería escuchar las quejas de los chicos y el fastidio de mi esposa.

Pero al ir a dormir mi esposa me dijo, si mirarme a la cara: “Hice cuentas de cuanto habría subido el saldo de la tarjeta si hubiéramos comprado lo que yo te había exigido, sumando los intereses, creo que nuestra deuda había aumentado mucho y tenemos poco dinero para pagarla. Tienes razón, es momento de salir de deudas”.

En realidad, ése era el apoyo que necesitaba, su vitalidad, su autoridad y su determinación permitieron que los meses que nos faltaban para bajar la deuda fueran más fáciles. Ella hizo lo que yo no era capaz de hacer: congeló la cantidad que pagábamos mensualmente, sin importar hasta dejarla en ceros, cuando le expliqué que teníamos que era mejor esperar a pagar las deudas a meses sin intereses, el dinero que nos sobraba me lo pedía para conservarlo bajo su custodia.

El nuevo estilo de vida despertó nuestra imaginación, mi hijo prefirió la patineta y mi hija se volvió muy aficionada a la bicicleta, pronto encontró un grupo de amigos para salir a otros lugares y se ha vuelto una apasionada del ciclismo.

Mi esposa y yo hacemos ejercicio juntos, ya no solo una vez por semana, también lo hacemos algunas mañanas, nos hemos sentido más saludables y lo más importante es que no nos cuesta un centavo hacerlo.

Nos hemos acostumbrado al agua simple y fresca, es raro cuando vamos de visita, la gente piensa que somos exagerados, pero realmente la disfrutamos.

El reto siguiente era pasar la temporada navideña sin excedernos en gastos y en peso corporal. Trazamos un plan: nada de televisión ni paseos por tiendas, nada de buscar ofertas por internet, viviríamos sin publicidad, la navidad sería ecológica, teníamos un árbol viejo y maltratado de plástico y decidimos que repararlo era lo más ecológico que podíamos hacer.

Leí que había una tradición familiar de hacer adornos con productos encontrados en el bosque, así que hacer los adornos navideños se convirtió en una tarea familiar que nos duró semanas, cada uno aportaba ideas, íbamos al bosque, a los mercados públicos o comprábamos adornos indígenas cuando había lo ocasión.

Eso fue el año pasado, para este año iremos a un lugar exótico, donde hace mucho calor y no habrá nieve, ni pinos, ni tiendas donde gastar.

¿Y las deudas? Mi esposa se ha vuelto un genio. Ella ahora controla el gasto, busca ofertas y explota los meses sin intereses al máximo… a veces pienso que no debí explicarle mis objetivos, los magnificó, los mejoró y ahora me señala la cantidad de gastos innecesarios que hago porque considero que son intrascendentes para nuestro presupuesto. Ella termina demostrándome que son sólo decisiones impulsadas por emociones ocultas.

Me ha dicho que sus planes son ahora adelantar pagos de la hipoteca porque tiene ganas de que compremos un lugar para ir de vacaciones y necesitamos mejorar nuestra calificación o score de crédito.

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