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Lo barato sale caro

¿Por qué es importante redescubrir que lo barato sale caro?

Este refrán es tan popular que lo damos por sentado, aunque en la práctico la mayoría de nosotros sólo nos enfocamos al mejor precio, aunque esto signifique un costo mayor

La tendencia a centrase sólo en el precio que marcas importantes se concentra a ofrecer a la población de bajos ingresos productos y servicios de poco precio, pero comparativamente muchas caras que cuando se paga un poco más.

Sólo basta recorrer los pasillos de un supermercado. Cuando los envases traen cantidades en números que no son redondos, como 311 mililitros de jabón líquido o 34.3 metros de papel higiénico, lo que hacen los responsables de comercializar el producto es dificultar el precio real del producto, de modo que la gente sólo se concentre en el precio sin poder hacer cuentas respecto al valor por unidad del producto.

Lo mismo ocurre con los servicios. Por ejemplo, la telefonía móvil, sale más caro comprar 30 pesos del servicio que comprar $300, pero como la gente sólo puede gastar poco, termina por comprar un producto barato que le sale caro.

Esto no es sano para nuestras finanzas personales, pero no es culpa de la oferta, sino de nuestro desdén por hacer operaciones matemáticas y terminar comprando productos y servicios realmente caros.

Concentrarse en el valor, no en el precio

Para resolver este reto, nuestras compras deberían concentrarse en el valor del producto, el cual está más relacionado con la utilidad, lo que esperamos que dure su uso y la calidad de lo que estamos comprando. De este análisis se deriva una frase que a menudo la gente que tiene dinero expresa: “Este producto vale lo que cuesta”, lo que significa que comprar algo que es más caro, resulta con un valor más importante que en el fondo es más barato.

Quienes usan tarjetas con anualidades caras lo saben muy bien, pero justamente las personas que tenemos menos dinero solemos no concentrarnos en el valor sino en el precio.

La lección que hizo concentrarme en el valor de mis compras

Conocí a un vendedor de telas que decía ofrecer la misma pero en dos tipos: la barata, la buena. Por supuesto la buena era la más cara.

-"Quiero la buena pero más barata" -le dije.

-"Llévate la barata" -respondió con una sonrisa algo cínica.

-"No -le respondí intentando imitar su sonrisa-. Quiero que bajes el precio de la buena. Me voy a llevar mucha tela".

-"Si te bajo el precio de la buena vas a pensar que te estoy intentando engañar. Te estoy dando los mejores precios de ambos productos" -respondió ya mucho más serio, luego se pasó varios minutos explicando las razones técnicas de porque era más costosa la tela buena.

Me sentí molesto porque no bajaba el precio y le dije que no compraría ninguna. El respondió estrechándome la mano y me dijo:

-"Cuando quieras algo bueno, búscame, ésta es la mejor tela".

Entonces me fui. Con su explicación técnica creí que me había dado elementos para buscar una tela con mejor calidad pero a un precio mejor. Después de recorrer varios sitios, descubrí que en efecto era la mejor oferta que había recibido, así que regresé con él y la compré.

En varios momentos de mi recorrido estuve a punto de decidirme por comprar una tela más barata, pero la explicación técnica había sido contundente: si no reunía ciertas características necesarias para el uso que le daría a la tela, ésta no duraría mucho tiempo y tendría que reemplazarla, duplicando el gasto.

Con esta experiencia aprendí la diferencia entre precio y valor y porqué lo más barato puede resultar más caro. Ahora aplico este criterio a la mayor parte de mis compras. He descubierto que casi siempre que tengo poca información sobre lo que voy a comprar termino por decidir erróneamente.

La clave está en romper las barreras mentales

A pesar de que lo repetimos casi siempre, no deja de sorprenderme que cada vez que tengo que resolver un problema o explicar una solución, termino descubriendo que casi siempre se trata de las barreras mentales que hemos construido en nuestro interior.

Eso ocurre con el uso del dinero para invertir, para ganarlo y, por supuesto, como ahora lo vemos, también en la forma en como lo gastamos.

Estamos tan metidos en el mundo de la publicidad, el consumismo y nuestra experiencia como clientes, que nos consideramos expertos en un entorno en donde casi siempre somos víctimas de nuestras propias ideas erróneas.

Lo mejor no es aquello que recomiendan los influencers, ni lo que usan los actores famosos o los deportistas exitosos, puede ser, pero no lo veremos como un mensaje publicitario. Estas personas famosas recomiendan productos o servicios que probablemente no usen, pero que les pagan por hacerles publicidad.

Este ejemplo simple pone en evidencia que nuestros códigos de elección de productos no es nuestro, sino que está construido bajo las normas de marcas que fomentan nuestro consumismo.

Y esto es en lo que nos deberíamos concentrar: ¿cuáles son los criterios de compra que nos ayudaría a reconocer el valor real de un producto para nosotros y no el valor (posiblemente) falso atribuido por el marketing de grandes marcas?

La respuesta está en nuestro interior, solo basta eliminar nuestra barreras mentales para poder construir criterios más útiles de compra y consumo.

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